Pol Pot, el carnicero de Camboya

Siempre el término genocidio será asociado a la Alemania nazi y al “legal” holocausto que dejó como legado, pero existe otra realidad que las sociedades promarxistas han preferido ir borrando como han podido, relegándolas en la historia por miedo a que se destapara su verdad más oscura.

Ahora, 34 años después de que se acabara el infierno, se está celebrando el primer juicio contra algunos dirigentes de los Jemeres Rojos. Esos Jemeres Rojos que en cuatro años de dictadura, disfrazada de República Popular Maoísta, se cobraron más de dos millones de vidas en lo que muy pocos conocen como “genocidio camboyano”, defendiendo la utopía marxista de estos basada en crear una sociedad agraria sin moneda, ni ciudadanos.

El genocidio camboyano empezó en 1975 pero se llevaba fraguando mucho tiempo atrás cuando un exaltado Saloth Sar en 1963 se desplaza a la selva Camboyana, recién nombrado Secretario General del Partido Comunista, con la insana intención de organizar un grupo guerrillero al que dio el nombre de Jemer Rojo. Fue entonces cuando la perturbada mente comenzó a urdir planes para conseguir que Camboya terminara siendo el bastión comunista con el que soñaba. Tuvo que esperar hasta el golpe de estado del general Lon Nol en 1970 para que, propiciado por el caldo de cultivo que el odio crea en una guerra civil, comenzara una campaña que acabó con la expulsión del poder del antiguo dictador por parte de los Jemeres y que el que hoy conocemos como Pol Pot tomara las riendas del país. Así de nuevo vemos cómo en nombre de la revolución un régimen comunista dominaba un país a golpe de totalitarismo.

Con la única consigna de volver a los orígenes de la civilización y la recuperación de la cultura jemer, el recién estrenado régimen comunista comenzó la evacuación forzosa de las ciudades ya que estas eran las representantes de la sociedad burguesa; se inició así, según el dictador, una nueva era llamada “año cero” con la que comenzó la pesadilla de todo un país y uno de los peores genocidios de la Historia.

Más de dos millones de personas fueron expulsadas de sus propias casas, con el engaño de protegerse de los aviones estadounidenses, y llevados a los campos de concentración. Muchos de estos desplazados, que fueron llamados “la gente del 17 de abril”, murieron aun con la esperanza de que volverían a sus casas. Por desgracia el cruento régimen tuvo otros planes para ellos. De hecho el estado los odiaba al considerarlos enemigos por no haberse unido a las guerrillas que lucharon contra Lon Nol: la traición se pagaba con la muerte.

Cualquier excusa era válida para matarte o recluirte en alguno de los múltiples campos de concentración que se crearon para la exterminación masiva, pero principalmente cualquier cosa que pudiera ser relacionada con una sociedad burguesa, saber idiomas, según qué tipo de ropas o simplemente el haber trabajado en una oficina. Ancianos y niños abandonados o muertos en las carreteras después de que el ejército los sacara de su casa a punta de pistola e incluso de hospitales. También los cristianos y monjes budistas fueron víctimas en masa en los “campos de exterminio camboyanos”. En un régimen como el que comenzaba y con el ideal “comunista” flotando en el ambiente la “fe” no tenía lugar.

Por desgracia la crueldad de este régimen no se supo hasta su finalización y lo que esperaba dentro de los campos, más de exterminio que de concentración, era un espectáculo tan macabro que todavía hoy en día sobrecoge. Campos como del “Choenung Ek” en el que se encontraron restos de más 8.000 personas, todos ellos fielmente anotados en los cuadernos de la actividad del campo. Por desgracia Choenung es solo un ejemplo de la maldad que el dictador comunista llevo a cabo.

Son muy pocos los testimonios que pueden encontrarse hoy en día sobre el horror que vivió Camboya, pero todavía se encuentran personas que, aterrorizadas aún treinta años después, se atreven a romper su silencio.

“A través de agujeros en la pared de mi celda veía las torturas y cómo se deshacían de los cuerpos como si fueran basura. Jamás olvidaré el olor de los excrementos de los cerdos mezclado con la sangre humana”.

Chim Math, superviviente femenina del campo de concentración Toul Sleng

A medida que el tiempo pasaba el dictador sólo contemplaba enemigos a su alrededor y estos falsos fantasmas culminaron en 1978 con la campaña “enemigo oculto” en la que un número indeterminado de personas perdió la vida por una sola razón: la neurosis de un demente.

Dictadura comunista que llegó a tener matices racistas que quedan documentados con los miles de nombres de extranjeros muertos en los campos y cuyo único delito era ese ser foráneo.

Se sabe que entre 1975 y 1979 más de 1.760.000 personas murieron en Camboya a manos del dictador, un 21% de la población del país, por lo que el genocidio Camboyano se convierte en la mayor matanza de una dictadura en tan corto espacio de tiempo.

La sangre se derramó en Camboya hasta la invasión del país en 1979 por parte de las fuerzas vietnamitas que entraron en la capital el 7 de enero, terminando así con el gobierno de terror de Pol Pot y su utópico sueño comunista de la abolición de la sociedad urbana.

Este es un ejemplo, uno de muchos, aunque quizás uno de los más crueles, de cómo el marxismo cultural deja que la historia florezca para sus intereses y cómo la esconde y la oculta cuando le señala como el culpable de genocidios como éste. El mundo está lleno de “Camboyas” que en nombre del comunismo y del socialismo ocultan entre bambalinas y en nombre de la revolución cientos de miles de muertos que ya en el tiempo se cuentan en más de 110 millones y de estos 2 fueron camboyanos.

Pero nos queda el consuelo de que al menos los responsables de estos hechos están siendo sometidos a un juicio. Que el veredicto haga o no justicia es algo más complicado. Desgraciadamente el juicio que nos ocupa no sale en los medios de comunicación ni es seguido por cientos de miles de personas, pero al menos yo quiero con este artículo dejar constancia de que esos 2 millones de muertos en manos del marxismo nunca serán olvidados.

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